domingo, 22 de enero de 2012

El día que me morí

Corría el año 1974. Llevaba trabajando en la Cros de San Jerónimo desde el verano del año anterior y, si bien al principio me desplazaba de casa al trabajo y viceversa a pie campo a través, en realidad campo santo, por una vereda que pasadas las vías del ferrocarril rodeaban la tapia trasera del cementerio, ya para entonces lo hacía en un ciclomotor de 49 cc por la carretera que lo rodeaba por las otras tres caras.
El 15 de abril, como cada día, salí temprano. Mi padre estaba por aquellos días en cama enfermo. Oía la radio y en las noticias escuchó que había ocurrido un accidente de moto en el que habían fallecido dos jóvenes, uno del que daban el nombre completo, edad y dirección y el otro Manuel Domínguez Marín, del que sólo añadían que tenía veintiún años. Mi mismo nombre, apellidos y edad. Dio un salto de la cama y le dijo a mi madre que tenían que ir inmediatamente a casa de los vecinos a llamarme por teléfono. Sí, en aquellos años poca gente tenía teléfono en su casa, fijo por supuesto, que los móviles no existieron hasta muchos años después,  y en la mía no había. Mi madre le respondió que cómo iban a ir tan temprano a molestar que a lo mejor la vecina ni se había levantado aún. No tuvo más remedio que contarle la noticia. Mi madre se quedó paralizada y a punto de caer redonda al suelo. Como pudo fue con él y, mientras mi padre llamaba, la vecina la atendía y le preparaba una tila. Mi padre pidió que le pusieran conmigo en el almacén de repuestos en cuya oficina trabajaba, a lo que el de la centralita contestó que eso iba a ser difícil, pero que iba a intentar pasarle con el taller. Lo entendió como una confirmación de los peores presagios, pero aguantó y esperó. Me llamaron para que fuera al taller, que tenía una llamada y es que aquel día teníamos averiados los teléfonos de la oficina del almacén. Cuando contesté lo primero que me preguntó incrédulo es si era yo. Y me contó lo sucedido. Aunque siempre comía en la fábrica, ese día entendí que era imprescindible hacerlo en casa.
La noticia se difundió y numerosas personas fueron a casa a darles el pésame a mi familia. Del Seminario de Andújar en el que había estudiado se recibió un telegrama  anunciándoles a mis padres que iban a celebrar una misa de difunto por mi alma por si deseaban asistir. Creo que todo fue a instancias de un cura íntimo enemigo mío, que se ve que sus remordimientos tendría. Ni asistieron ni contestaron, que entonces las comunicaciones eran como eran. Así que la misa, que yo sepa, la dijeron y en ese trámite del gorigori ya voy servido con muchos años de antelación.
A continuación la prueba irrefutable publicada el día siguiente.


3 comentarios:

fernando dijo...

De ahí la famosa afirmación de que "las malas noticias corren como la pólvora", que, en versión chirigotera gaditana sería "la gente es mu hija de p...".
Feliz casi 60 (¡ojú!) cumpleaños.

Manuel Domínguez dijo...

Que digo yo que si esa sarta de combinaciones no se podrían dar en la lotería, un poné, que nos vendrían de perlas.

cintia moguel andrade dijo...

Qué suerte más mala, o más buena, según se mire.