lunes, 25 de abril de 2011

5.-Mi pueblo, retazos de una época: fiestas, tradiciones y otras diversiones


Domingos y fiestas de guardar. Misa por obligación, que después, en el colegio, preguntaba Olivera a qué iglesia habíamos ido, qué cura dijo la misa, de qué color era la casulla... y los que no lo sabían se ganaban el bofetón, “que quien mal anda mal acaba” y “el árbol hay que enderezarlo desde chiquitito”, que ya se ve de lo mucho que nos servía. Después comenzaba nuestra auténtica fiesta: cambiarnos la ropa de domingo por la de faena cuanto antes para jugar en el llano, ir al Cortijito, al Lagar Don Juan, a Los Manantiales, a “Los Picos de Europa”, o cualquier otro campo a cazar gorriatos con el tirador, o coger lagartijas para colgárnoslas de las orejas como pendientes –hacíamos que se nos cogieran con la boca al lóbulo de la oreja; después las dejábamos vivas… o no, según-, o grillos realitos, que son los que cantan -las grillas no valían-, que los sacábamos de las grilleras haciéndoles cosquillas con una pajita y, en última instancia, si se resistían, meándonos en ellas, que salían seguro; al Morán a coger bellotas; a Culón a por castañas al final del otoño; al Lagarito Alto en verano a bañarnos en la alberca y a comer por una perra gorda cuarenta moras o veinte azofaifas, que es lo que efectivamente traíamos y ya casi sin ganas, que mientras estábamos subidos en los árboles nos habíamos comido cuantas habíamos podido.
Navidad. Formábamos un coro de campanilleros en el que los más llevábamos un instrumento que nos fabricábamos nosotros mismos, el rinrrín –un listón de madera con una cara dentada y en la opuesta, clavados con puntillas, platillos hechos de chapas de tapones de botella; sonaba y muy bien al rascar contra un palo liso la cara dentada-, alguna zambomba, también de fabricación propia, y algún cántaro que se tocaba golpeando la boca con la suela de una alpargata. Y armados de esta guisa íbamos por todas las casas de la barriada cantando villancicos y sacábamos algunas perras, pocas y más chicas que gordas. Desde mucho antes en cada casa del cuartel, al solito en el olivar de día y guardado en la carbonera de noche, alimentábamos y cuidábamos de un gallo del que desconocíamos que su destino oculto era la cena de Nochebuena con gran berrinche nuestro, que en un mar de lágrimas mirábamos a nuestros padres como a salvajes, que nos habían traicionado sacrificándolos a espaldas nuestras; para colmo encima teníamos que asistir precisamente a la Misa del Gallo, ¿de qué gallo?, que ya nos habían dado las pascuas.
Semana Santa. Recuerdo especialmente el Domingo de Ramos estrenando alguna prenda en la procesión de La Borriquita. El Santo Entierro, impresionante el silencio de la procesión de noche por las calles en penumbra y la fenomenal talla del Cristo cubierta por la urna de cristal. Y el Domingo de Resurrección en una esplendorosa mañana con una magnífica procesión de la Virgen delante de la parroquia en la plaza de los Mártires acompañada de un gran gentío, brillante la banda de música y todo bajo un sol radiante.
Primera comunión. Olivera practicaba con nosotros con hostias que llevaba de la parroquia. A uno que por enésima vez no acababa de sacar bien la lengua le cambió una sin consagrar por otra no consagrable en toda la cara. Por lo demás, la “celebración” se efectuaba visitando las casas de las amistades de los padres, entregando la estampita y recibiendo algún regalo en forma de monedas, todo entre los halagos de los vecinos y la charla interminable de los mayores, y así una casa tras otra; vamos, un día que por fuerza tenía que ser el más feliz de nuestra vida pero que en realidad era una castaña.
Cines de verano, que no había uno, sino dos y muy grandes. El cine del Carmen en el que cada día veíamos “El cachito”, un pase gratis para los niños en el que nos ponían los trailers de las películas y un corto bien de “El Gordo y el Flaco” o bien otro también humorístico de un marinero. Acabado “El cachito”, salíamos todos del cine y era el turno para quienes iban a ver la película previo pase por taquilla, menos los del cuartel que entrábamos de gañote. El otro cine de verano era el “Villarromana”, espectacular recinto en forma triangular, con gradas a diferentes alturas y una de las paredes cubierta de vegetación entre la que se camuflaba la ventana del proyector. Como estaba en la falda de una loma, autorizadas o no, que tampoco en la época las no autorizadas es que tuvieran nada del otro mundo, y a pesar de que los del cuartel teníamos entrada libre, veíamos las películas desde fuera, loma arriba, con el resto de la pandilla, aunque no las oíamos, por lo que le llamábamos el patio de los "callaos". Aprovechábamos además la impunidad que nos otorgaba el lugar para fumar nuestros primeros cigarrillos, “Ideales”, “Peninsulares” y “Celtas” sin emboquillar.
El cine de invierno era el Cinema Cazalla y recuerdo perfectamente la tarde que mi madre y mi hermana salieron de casa lloviendo a cántaros para ver “Ama Rosa”.
Romería de la Virgen del Monte. Una caminata de ida y otra de vuelta por una carretera polvorienta sin asfaltar y con un asfixiante sol de Agosto. En el camino las sevillanas más cantadas eran “Azules rejas”, “Me casé con un enano” y una de muy injusta letra cantada por mujeres que decía “Cazalla de la Sierra qué fea eres, lo bonito que tienes son las mujeres”, que era absolutamente falso que Cazalla haya sido nunca fea sino todo lo contrario y así no hay manera de hacer patria; también se cantaba la canción de los “Doce cascabeles”.
Feria. Por encima de todo, las escopetas de plomos, en ellas nos gastábamos lo que no teníamos. Algunas atracciones ciertamente peligrosísimas: los güitomas, una especie de tiovivo con sillas, muy precarias y sin sistema de seguridad alguno, colgada cada una de dos cadenas, que volaban al girar que si te descuidabas te llevabas en la cabeza un niñazo de pronóstico; las barcas, que algunos habilidosos les daban la vuelta completa y en algún caso se quedaron en equilibrio con la barca arriba inmóvil, viniendo a caer los ocupantes contra la barra que las sujetaban primero y al suelo después –todavía habrá quien se extrañe de que prohibieran güitomas y barcas-; y las clásicas del carrusel, los caballitos, el látigo, los coches locos... Mención aparte merece el chut a la careta que sólo presencié un año; se trataba de un tablón con agujeros del tamaño de la circunferencia de un balón de fútbol y colocado verticalmente; el propietario de la atracción –o alguien contratado al efecto para la ocasión, vaya usted a saber-, disfrazado con una careta, elegía un agujero por el que asomaba la cara y desde una distancia de unos ocho o diez metros los jugadores, todos adultos y grandes como trinquetes, chutaban un balón de fútbol amarrado a una cuerda intentando atinarle; afortunadamente no vi en todo el largo rato que estuvimos que nadie acertara, ya que la atracción habría finalizado en aquel mismo momento por defunción del de la careta, porque los disparos eran realizados con potencia y saña descomunales; para que luego dijeran que los niños éramos unos randas y unos salvajes…
Verbena. Sólo recuerdo una que duró un día. Bailó un pasodoble una pareja muy seria, demasiado, y muy profesional, pero estábamos en una calle de las casas baratas y a mí me pareció fuera de lugar y ridículo, tanto que su recuerdo imborrable me ha incapacitado para el baile de por vida. La atracción para nosotros fue una piñata altísima con premios que eran pitos, trompetillas, matasuegras… todo entre relleno de paja; el problema era el continente, ¡orzas de barro! Y nos alegrábamos cuando no se acertaba con el palo largo de tendedero y nos asustábamos cuando se atinaba porque el peligro del que estaba debajo con los ojos vendados era evidente. Al que se le ocurrió la idea de las orzas se le debió quedar la cabeza vaheando; que Dios lo haya perdonado, que yo no lo olvido.

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